
Un niño, con el rostro manchado de tierra por sus exploraciones, se arrodilló junto al borde del estanque, con los ojos fijos en algo que yacía bajo el barro. Con un gruñido de esfuerzo, hundió las manos en el lodo y hundió los dedos profundamente.

De repente, sintió algo frío y duro bajo las yemas de los dedos. Con una oleada de excitación, lo sacó de la tierra. Era un cofre pesado de madera, con la superficie cubierta de mugre y algas. El corazón del niño latía con fuerza en su pecho mientras abría la tapa.

En el interior, el cofre estaba lleno de joyas preciosas, montones de monedas antiguas y algunas figuritas pequeñas y delicadas. Los ojos del niño se abrieron con incredulidad. Había tropezado con un tesoro, una fortaleza oculta debajo del mismo suelo en el que había estado jugando. Su aventura había dado sus frutos de maneras que nunca podría haber imaginado.