Tengo hambre, tengo sed, estoy cansado — esas serían las últimas palabras si este pobre perro pudiera hablar. Lo encontraron en un rincón olvidado de la ciudad, en lo que alguna vez fue su hogar, ahora solo ruinas y polvo.

Durante tres años, fue abandonado sin comida, sin agua y sin afecto. Día tras día, esperó fielmente a que su dueño regresara, sin entender que había sido dejado atrás como si no valiera nada. Su cuerpo ahora no es más que un frágil esqueleto cubierto de piel, apenas puede mantenerse en pie, y sus ojos —opacos pero aún esperanzados— parecen rogar: “¿Alguien me ve?”

Vecinos dijeron que solían oírlo ladrar por las noches, un ladrido débil, lleno de desesperación y miedo, como si intentara llamar a alguien… a cualquiera. Pero nadie vino. Nadie respondió.
Fue un voluntario de un refugio quien finalmente lo encontró, acostado en el suelo frío, demasiado débil para moverse, temblando por el hambre y la fiebre. Cuando intentaron levantarlo, solo emitió un pequeño gemido, como si ya hubiera aceptado que no le quedaba mucho tiempo.

Este no debería ser el destino de ningún ser vivo.
Este no debería ser el final para alguien que solo supo dar amor.