Flaco, como muchos lo llamaron al verlo, era apenas una sombra de lo que alguna vez fue un perro lleno de vida. Su cuerpo, reducido a piel y huesos, cargaba además con el peso insoportable de un tumor que se extendía por sus costillas. Sus patas, debilitadas y lisiadas, apenas podían sostenerlo, y cada movimiento parecía un esfuerzo sobrehumano.

Abandonado en las calles, expuesto al hambre, al frío y al dolor, Flaco no pedía comida ni agua; pedía algo más profundo, algo que muy pocos se detenían a darle: cariño. Cada mirada suya reflejaba tristeza, pero también un destello de esperanza, como si esperara que, antes de que su corazón se apagara, alguien le mostrara lo que significaba ser amado.

Día tras día, parecía contar las horas, los minutos, los segundos. No ladraba, no lloraba, solo resistía en silencio, aguardando el milagro de una caricia, de un gesto compasivo que le devolviera dignidad en sus últimos días.

La indiferencia lo envolvía, y sin embargo, en sus ojos cansados brillaba la súplica de un alma que todavía creía en la bondad humana. Porque, aunque su cuerpo estaba roto, su corazón seguía esperando un último regalo: la oportunidad de morir sintiéndose querido.