Recuerdo cuando era un cachorro… Corría detrás de mariposas sin saber que nunca podría atraparlas, y aun así lo intentaba una y otra vez. Recuerdo las risas de mi humano cuando me caía de bruces y me levantaba moviendo la cola, orgulloso de mi fracaso. Aquellos días eran cálidos y llenos de luz. Mis orejas eran suaves, mis ojos brillaban, y todo olía a vida.

Pero con el tiempo, algo cambió. Dejaron de llamarme con alegría y comenzaron a gritar mi nombre con fastidio. Dejé de recibir caricias y empecé a sentir el peso del silencio. Mis huesos empezaron a doler y el mundo se volvió más pequeño, más oscuro, como si el amor que me sostenía se hubiera evaporado poco a poco.
Hoy escuché pasos alejarse. No hubo despedidas, ni palabras dulces, ni una última mirada. Solo el sonido de la puerta cerrándose y el eco del abandono. No lloré. Ya no me quedaban lágrimas. Solo cerré los ojos un momento, recordando el olor de las manos que alguna vez me hicieron sentir seguro.

Mi corazón late despacio, como si contara sus últimos latidos. Uno… dos… cada golpe es más suave que el anterior. No tengo miedo, aunque siento un vacío inmenso. Quizás, del otro lado de este cansancio, haya un lugar donde el sol nunca deje de brillar, donde la tierra esté siempre tibia y suave bajo mis patas, y donde alguien me espere con los brazos abiertos y una sonrisa que no se desvanezca.

Si alguien encuentra este cuerpo sin vida, quiero que sepan que alguna vez fui amado. Que alguna vez existí con alegría, con esperanza, y con un corazón leal que solo supo amar. No fui perfecto, pero amé con todo lo que tenía. Y eso, al final, es lo único que de verdad importa.
Ahora cierro los ojos. El silencio me envuelve como una manta. Ya no hay dolor, ya no hay hambre, ya no hay miedo. Solo paz.
Adiós, mundo. Adiós, humano.
Gracias por haber sido, aunque solo por un tiempo, mi hogar.