Alguna vez creí que ese pequeño apartamento era mi mundo, que los pasos que escuchaba cada mañana eran señales de un hogar, y que las manos que me acariciaban significaban que yo importaba. Viví con la ilusión de que el amor que me daban era real y duraría para siempre.

Pero todo eso quedó atrás.
Ahora solo soy un cuerpo seco, inmóvil, escondido en un rincón frío donde nadie mira, en un apartamento que se desmorona igual que lo hizo mi vida. El silencio lo envuelve todo, un silencio tan denso que parece tragarse mis últimos recuerdos, mis últimos intentos por seguir adelante.
Un día se fueron. Cerraron la puerta y nunca regresaron.
No hubo explicación. No hubo despedida. Solo la certeza cruel de que me habían dejado deliberadamente. Durante días arrastré mi cuerpo débil, esperando escuchar otra vez esas voces que solían llamar mi nombre, esperando que la llave girara y la puerta se abriera. Pero nada pasó. Solo el vacío.

Con el tiempo, mi cuerpo agotado ya no pudo más.
Me acurruqué sobre mi vieja cama, incapaz de comprender por qué el amor se había desvanecido tan fácilmente. La tristeza pesaba más que el hambre, y el silencio dolía más que el frío. Mis fuerzas se apagaron lentamente, igual que una vela olvidada en una habitación vacía.

Y así quedé: olvidado, solo, convertido en un cadáver seco.
En un lugar en ruinas donde la vida continuó sin mí, como si nunca hubiera existido. Sin embargo, en el rincón más profundo de mi memoria, guardo una última esperanza: que alguien, algún día, verá mis restos y entenderá que yo también amé, que yo también esperé… y que mi historia fue un grito silencioso pidiendo cariño que jamás llegó.