Hoy encontré a dos ángeles en un rincón, envueltos en una manta vieja, intentando escapar del frío intenso. Fue desgarrador verlos así, tan vulnerables, tan solos. Pensé en todo lo que habían pasado: el hambre que los quemaba por dentro, el miedo que los hacía temblar, la soledad que les pesaba en el alma.

Nadie los observaba, nadie les hablaba, nadie los esperaba. Solo se tenían el uno al otro, pero continuaron, con una nobleza y una resiliencia que me dejaron sin aliento. Fue desgarrador ver cuánta belleza sufría en silencio, cuánta lealtad y amor no tenían un hogar que los acogiera. Ojalá la gente entendiera que un pequeño gesto, un abrazo, un plato de comida, podría cambiarles la vida. Porque no merecen las calles frías ni las noches desamparadas… Merecen un techo, amor y la oportunidad de sentirse seguros, de sentirse amados.