Me llamo Molly. Tenía diez años cuando el mundo que conocía se desmoronó frente a mis ojos. Mis seres queridos empacaron sus cosas, cerraron la puerta y se marcharon sin mí. Me ataron a una cadena junto a una vieja caseta de perro, como si fuera un recuerdo estorboso del que podían desprenderse sin mirar atrás. Desde allí, observé cómo el polvo se asentaba donde antes estaba su coche, aquel que tantas veces había esperado con alegría. No entendía nada. Yo solo sabía amar.

Esperé durante horas, luego días. Mis piernas temblaban de tanto estar de pie, pero me negaba a acostarme: tenía miedo de no escuchar cuando regresaran. Las noches se hicieron más frías y oscuras. El silencio dolía más que el hambre. Busqué el sonido de una voz familiar, un silbido, mi nombre… cualquier señal de que no me habían olvidado. Pero solo los insectos contestaban a mi esperanza rota.
Intenté no llorar. Intenté ser fuerte. Siempre fui una buena chica, ¿por qué no volvieron por mí? Ser olvidada duele de una manera que no puedo explicar; es como si el corazón se fuera encogiendo, preguntándose si alguna vez valió la pena amar tanto.
Entonces, un día, escuché pasos. El sonido era diferente, pero no pude evitar que mi cola se moviera ligeramente. No sabía si debía confiar, si aquella presencia sería otra decepción. Aun así, una pequeña parte de mí —esa que nadie pudo romper— seguía creyendo que no todos los humanos se marchan. Quizá esta vez alguien vendría a verme no para abandonarme… sino para devolverme la vida que me arrebataron.