La lluvia caía sin descanso, formando pequeños ríos que corrían por la acera. Él, empapado hasta los huesos, seguía sentado en el mismo lugar donde lo habían dejado. Su cuerpo temblaba, pero no de frío: temblaba de esperanza.

Cada vez que un auto se acercaba, alzaba la cabeza con esos ojos llenos de una mezcla de miedo y anhelo. Quizá esta vez… quizá esa puerta se abriría, y alguien por fin lo miraría como un ser que merece cariño.
Pero todos pasaban de largo.
La noche llegó envuelta en viento y sombras. Sus patas empezaron a dolerle, y su aliento se volvió cada vez más débil. Aun así, no se movió. ¿Y si su familia volvía? ¿Y si todo había sido un error?
El tiempo avanzó sin responderle.
Hasta que una luz cálida se detuvo frente a él. Una mujer bajó del auto con un paraguas rojo. No dijo nada. Solo se agachó, despacio, como si temiera romperlo aún más.

Él retrocedió un poco, desconfiado… pero ella extendió la mano, temblorosa, no por el frío sino por la tristeza de verlo así.
—Ya no tienes que esperar —susurró—. Yo te veo. Y quiero que vengas conmigo.
Por primera vez en días, él parpadeó con algo parecido a alivio. No era su antiguo dueño, no era la persona que había estado esperando… pero quizá, solo quizá, era alguien mejor.