Leo, un niño de diez años, flacucho y con una mata de pelo castaño rebelde, nunca se amilanaba ante una aventura. Por eso, cuando llegaron a sus oídos susurros sobre una cueva oculta envuelta en grutas, sintió que algo lo recorría el cuerpo. Con nada más que una linterna encendida y una curiosidad insaciable, Leo se aventuró en lo profundo del bosque prohibido, siguiendo un sendero apenas perceptible marcado por piedras erosionadas.
El aire se volvió denso y húmedo a medida que Leo avanzaba por la maleza. La luz del sol apenas penetraba el denso dosel que había encima, y cubría el suelo del bosque con un crepúsculo inquietante. Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, Leo tropezó con una boca abierta escondida debajo de un roble retorcido. Las enredaderas, tan gruesas como su brazo, serpenteaban alrededor de la entrada, creando una atmósfera amenazante. Esto era todo. La entrada a la cueva de Gegeda.
Leo respiró profundamente y se abrió paso entre las enredaderas, cuyos húmedos zarcillos le rozaban la piel. La oscuridad en el interior era absoluta, sofocante. Encendió la linterna y su débil haz atravesó la negrura, revelando un túnel que se abría paso hasta la oreja. Ignorando la punzante sensación de inquietud que serpenteaba por su columna vertebral, Leo siguió adelante, con el corazón martilleándole en el pecho con una mezcla de emoción y temor.
El túnel giraba y giraba, llevándolo cada vez más hacia las profundidades de la montaña. El aire se volvió rancio y pesado, trayendo consigo el olor a tierra húmeda y algo antiguo, algo olvidado. Finalmente, después de lo que parecieron horas, Leo se encontró en una enorme caverna. Su mandíbula se abrió de asombro.
La cámara brillaba con una luz sobrenatural que emanaba de una montaña de monedas de oro, joyas y artefactos que brillaban como estrellas de fauno. Una corona de oro, incrustada con rubíes del tamaño de huevos de paloma, se encontraba sobre un trono tallado en una sola piedra de jade. Leo, con los ojos muy abiertos y sin aliento, se dio cuenta de que había tropezado con un tesoro que superaba sus sueños más locos.