El perro acababa de escapar de la muerte frente a sus ojos. Su cuerpo, debilitado por la lucha, ya no podía sostenerse más. Cayó al suelo, exhausto, con la respiración entrecortada y los ojos nublados por el cansancio.

En ese instante, no había fuerzas para ladrar ni para moverse; apenas quedaba en él un leve temblor que revelaba su frágil pulso de vida. El silencio que lo rodeaba hacía aún más evidente su soledad.

Solo le quedaba esperar. Esperar que, en medio de tanto dolor, la vida le tendiera una mano. Esperar que, como un milagro, alguien lo encontrara antes de que su luz se apagara para siempre.

Porque aunque el cuerpo se rendía, en lo profundo de su mirada aún ardía una chispa: el deseo silencioso de seguir viviendo, de descubrir que todavía había un lugar en el mundo donde pudiera sanar.