La tierra estaba fría bajo su cuerpo. Cada respiración le pesaba como si arrastrara una montaña. El aire olía a humedad, a abandono… y también a un pequeño deseo de seguir, aunque doliera.

“Solo una oportunidad… por favor…” parecía susurrar con cada parpadeo lento, como si temiera que cerrar los ojos significara no volver a abrirlos.
El mundo se había vuelto borroso: las luces lejanas se confundían con las gotas que rodaban por su hocico. Su cuerpo temblaba, pero dentro de ese temblor quedaba un hilo de vida, una última esperanza que se negaba a apagarse.
Entonces escuchó pasos.
No los pasos apresurados de quienes pasaban sin mirar. No los pasos indiferentes que lo esquivaban como si no existiera.
Eran pasos cuidadosos, como si cada uno dijera: “Estoy aquí… déjame acercarme.”
Una voz suave, apenas un murmullo entre la lluvia, se abrió paso hasta él:
—Oye… no te rindas. Te encontré. No estás solo.

Una mano cálida se deslizó bajo su cabeza, y por primera vez en mucho tiempo sintió un toque que no dolía. Un toque que no pedía nada, solo ofrecía consuelo.
—Te voy a llevar conmigo. Aún puedes vivir. Aún puedes sentir el sol… te lo prometo.
Sus ojos, apagados y cansados, buscaron la mirada de esa persona. Y aunque la muerte le había rozado los huesos, aunque el abandono le había robado casi todo… allí, en ese instante, un destello de luz volvió a encenderse.
Tal vez no era el final.
Tal vez esa última oportunidad acababa de llegar.