Incapaces de caminar, con las patas temblorosas y las fuerzas reducidas a un suspiro, dos almas ancianas se miraron por última vez. Sus cuerpos, gastados por los años, apenas tenían lo suficiente para sostenerse; el hambre les mordía con la misma fiereza que el frío, y sin embargo, todavía quedaba en ellos una llama tenue: la compañía mutua.

Se acurrucaron, buscando el calor que el invierno les negaba. Sus pieles, marcadas por cicatrices y arrugas, se rozaban suavemente, como recordándose que habían resistido juntos toda una vida. No había ya caminos por recorrer ni batallas por ganar; solo quedaba la quietud de una despedida compartida.
El bosque los rodeaba en silencio. El viento, que tantas veces había sido enemigo cruel, ahora parecía un susurro piadoso, acariciando sus cuerpos como si quisiera arrullarles en su descanso final. En sus ojos cansados brillaban memorias: días de luz, de juventud, de correr libres bajo el sol, de compartir alimento y risa. Todo eso volvía en un instante fugaz, como un último regalo antes de la eternidad.

Con un suspiro profundo, uno inclinó su cabeza sobre el cuello del otro. No hubo palabras, solo el lenguaje silencioso del amor que no necesita explicaciones. Sus respiraciones se sincronizaron, débiles, pero unidas, hasta que el tiempo mismo pareció detenerse.
Allí, en el corazón de la soledad, eligieron acabar su viaje en los brazos de su compañero, no como víctimas del abandono, sino como testigos de la fidelidad más pura. Y mientras la nieve los cubría poco a poco, sus cuerpos quedaban inmóviles, pero sus espíritus se entrelazaban para siempre en un descanso compartido.

Esa noche, el bosque guardó silencio, como si entendiera que había presenciado un acto sagrado: la despedida de dos almas que jamás se separaron, ni siquiera al borde del final.