El sol de la mañana se filtraba por las lonas del mercado, y el aroma de la comida de la calle llenaba el aire. Pero para mí, solo existía el olor del miedo. Mi humano, mi amigo, el que me prometió amor y cuidados, me sostiene ahora con una cuerda. No es una caricia, sino una soga al cuello. Puedo ver la indiferencia en sus ojos, la forma en que me exhibe como si fuera una pieza de carne, no un ser vivo que una vez le dio todo su cariño.

Intento mantener la calma, mis patas delanteras buscando un punto de apoyo en la superficie metálica. La gente pasa a nuestro lado, algunos miran con curiosidad, otros con desdén. Mi corazón late con fuerza contra mis costillas, un tambor de terror y traición. No entiendo por qué mi lealtad fue pagada con esta humillación.

¿Qué precio tiene un amigo? Para mi humano, es el de una comida que está a punto de convertirse en su cena. Espero que mi historia llegue a aquellos que aún creen en la lealtad, para que sepan que el amor de un perro nunca debe ser canjeado por unas monedas.
