Él seguía allí, inmóvil, con la arena húmeda pegándose a sus pies y el rugido del océano creciendo a cada instante. El cielo se oscurecía poco a poco, las gaviotas se habían marchado, y sin embargo él no dio un solo paso atrás. Sus ojos, cansados pero firmes, permanecían clavados en el horizonte, como si en cualquier momento pudiera aparecer la silueta de aquella persona que tanto anhelaba volver a ver.

Las olas golpeaban con fuerza, salpicando su ropa, pero no parecía sentir frío ni miedo. Dentro de su pecho solo latía una certeza: debía esperar. Era como si su corazón le susurrara que esa espera valía más que cualquier seguridad, que el amor y la lealtad podían ser más fuertes que la furia del mar.
La gran ola se levantaba imponente, amenazando con tragarse todo a su paso. Los pocos que lo vieron de lejos gritaron para que corriera, para que se salvara. Pero él no se movió. Su cuerpo temblaba, no de miedo, sino de la intensidad de la esperanza.

Cada instante se sentía eterno, cada golpe del mar contra las rocas era como un recordatorio cruel del peligro que corría. Aun así, sus pies permanecían hundidos en la arena mojada, clavados como raíces de un árbol viejo que no se deja arrancar por la tormenta.
No era un capricho ni una locura pasajera. Era la promesa silenciosa de no marcharse hasta ver de nuevo a quien le daba sentido a su existencia. La ola estaba a punto de caer sobre él, pero en sus ojos había algo más grande que el miedo: la fe inquebrantable de que la persona que esperaba volvería.
Y mientras el mar rugía con toda su fuerza, él se mantuvo firme, como un faro de esperanza en medio de la tempestad.