Un perro desnutrido, abandonado en la puerta: tres días sin comer, aún intentando levantar la cabeza, mirando en una dirección, esperando a su dueño, quien juró que nunca lo abandonaría, pero desapareció sin decir una palabra de despedida.

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En un pequeño rincón oscuro, justo a la entrada del mercado, había un par de ojos oscuros y profundos que temblaban, observando a la gente que pasaba. Era un perro flaco, cada paso que daba era inestable. Decían que llevaba tres días abandonado allí, nadie sabía quién era su dueño, solo sabían que, desde entonces, el perro no se había ido; simplemente se había acurrucado en el mismo lugar, mirando hacia arriba con expectación…

Second Chance photo 1

 

La lluvia empapaba su delgado cuerpo, el sol caía a plomo y le resecaba la piel, pero no le importaba. Lo único que quería era ver la figura familiar de la persona a la que solía llamar “dueño”. Los paquetes de arroz esparcidos, los trozos de comida que la gente le compadecía y tiraba; no comía mucho. Solo conservaba el último aliento… esperando su turno.

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Pero esa persona no se daba la vuelta.

 

A veces, los niños que pasaban reían y tiraban piedras, el perro simplemente aguantaba en silencio. No se resistía, no gruñía, solo emitía sonidos suaves como un susurro entrecortado. Como si se disculpara… por su existencia.

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Dicen que los perros son leales, pero al ver esa escena, comprendemos que la lealtad a veces es una sentencia dolorosa. Ese perrito había sacrificado su confianza y su vida… solo para esperar un amor que jamás regresaría.